Fotografía propiedad del Atlético de Madrid

El Atlético de Madrid no pasa del empate contra el Leverkusen y queda matemáticamente fuera de la Champions y sin la Europa League asegurada

Ocurrió lo que, al final, era más probable. Si desperdicias los primeros partidos de la liguilla de la Champions y acostumbras a tirar de épica en los dos últimos, puede suceder exactamente lo que ha sucedido anoche en el Metropolitano. La crueldad de esta competición no perdona a nadie. La temporada pasada, el cuento tuvo un final feliz y el equipo rojiblanco acabó ganando en Oporto para meterse de cabeza en los octavos de final. El brutal destino de este deporte ha querido que esta temporada, en ese mismo escenario y también en la jornada 6, el Atleti se juegue su clasificación a la UEFA Europa League.

En un estadio repleto, como suele ocurrir en este tipo de partidos de máxima exigencia, la actitud de la afición fue de sobresaliente. En los aledaños del coliseo rojiblanco, los aficionados empezaron a animar a su equipo desde horas antes del pitido inicial. Al final, el Atleti se debe a su afición, esa que anima y confía hasta el final y no la que siente vergüenza de su equipo (hay muchos equipos en la capital para quien solo quiera estar en las buenas y nunca en las malas). En definitiva, el ambiente era inmejorable, hasta que comenzó el partido.

La crónica. Trascurso del partido

En una primera parte desastrosa y llena de inseguridades en defensa, el conjunto ahora dirigido por Xabi Alonso olió sangre en el minuto 9, cuando un error de Antoine Griezmann fue aprovechado por el equipo alemán para batir a Jan Oblak por primera vez en el partido. Andrich recuperó el esférico, Hlozek puso el pase entre líneas y la zurda del francés Diaby hizo la primera puñalada en los corazones de todos los rojiblancos. Carrasco dio esperanzas en el minuto 22 cuando, tras una gran combinación entre Correa y Griezmann, puso un chut raso muy ajustado dentro de la portería de Hradecky. La ilusión duró poco, pues Hudson-Odoi congeló el Metropolitano con un segundo gol que nació tras una grave pérdida de Ángel Correa.

Simeone debió ser muy duro durante el tiempo de descanso, porque el equipo que empezó la segunda parte mejoró infinitamente a los once jugadores que abandonaron el césped en el minuto 45. Saúl entró por un Mario Hermoso que no estaba cuajando su mejor partido y el argentino Rodrigo De Paul sustituyó a Correa. El mediocampista argentino, fue asistido por el belga Yannick Carrasco para anotar un golazo desde la frontal del área alemana que terminó en agua de borraja, pues solo consiguió el empate final que también eliminaba a los colchoneros de la Champions. Los siguientes minutos fueron de dominio de los del Cholo, con una gran sociedad argentina que surgió de forma espontánea y generó algo de peligro, formada por un gran Nahuel Molina y un trabajador De Paul. Después, el Atleti quitó el pie del acelerador y no fue capaz de anotar el gol de la victoria. Cunha entró, pero estuvo poco participativo. Joao Félix solo contó con los popularmente conocidos como minutos de la basura; Simeone retrasó su ingreso al terreno de juego al minuto 87. El portugués fue también incapaz de convertir el gol de la victoria que habría dado una última vida al Atleti en Portugal.

Un agónico final.

Cuando el árbitro se dispuso a pitar el final del encuentro, el VAR entró en acción para avisar al colegiado de un penalti por mano de Hincapié que el árbitro Clement Turpin terminó concediendo. En una última y definitiva bala por Europa, el revólver se atascó. El belga Yannick Carrasco fue el encargado de ejecutar ese penalti de oro, pero erró la pena máxima. Saúl atrapó el rechace pero el balón se estrelló en el larguero y en la tercera ocasión consecutiva, el esférico salió por encima de la portería. Con sentimientos muy encontrados, el Atleti dijo adiós a su andadura en la Liga de Campeones 2022/23 de la forma más cruel posible.

Fotografía de Hudson-Odoi en el partido. Propiedad del Bayer Leverkusen

La opinión. ¿Y ahora qué?

Lo habitual al terminar estos partidos, es buscar culpables. Si quisiéramos culpar a alguien, deberíamos culpar a todos excepto a Antoine Griezmann. No hace falta crucificar a nadie, estoy plenamente convencido de que todos los futbolistas lo han intentado (sobre todo ayer y en aquel lúgubre partido frente al Brujas en casa en el que no entró una sola ocasión), pero la irregularidad del equipo es la toxina que envenena el proyecto (mismo defecto que en la pasada campaña). Eso sí, hay que aceptar que esta es la realidad del Atlético de Madrid actualmente: un equipo cuyo fútbol pasa imprescindiblemente por las botas del francés. Él es el que siempre recupera, presiona, intenta cortar (o corta) líneas de pase, baja a recibir, construye jugadas, mejora a sus compañeros, regatea, recorta, encara a portería, marca y asiste; casi me recuerda a la situación del último Barcelona de Leo Messi, donde un solo futbolista era el que tiraba del carro del equipo. Por ello, el resto se deja en manos de la traicionera suerte o de destellos puntuales de algunos jugadores. Cuando un futbolista firma un gran partido, la irregularidad y el macabro ambiente empujan al mismo futbolista a firmar un mal partido en la siguiente cita; entrando así en una espiral de la que parece imposible escapar.

La única solución posible reside en el trabajo de la afición junto al trabajo de los futbolistas y cuerpo técnico, tanto fuera del campo como dentro. Si empezamos a pedir cabezas o a pitar (además de parecernos un poco a eso que tanto odiamos), tan solo vamos a perjudicar y a conseguir que la situación empeore. Si este es nuestro equipo, lo será hasta el día en el que ya no pisemos la Tierra; tanto si son días de sol como si son días de lluvia y tormenta, ahí debemos estar con el equipo que nos enamoró de niños y nos vio crecer a todos. Si estuvimos en la liga de hace dos temporadas cuando éramos imparables, estaremos en la Europa League o donde haga falta, pero defendiendo los valores y los colores que nos hacen creer y que nos hacen felices. Debemos aceptar que el equipo ha atravesado un bache profundo, pero que tenemos aún margen de mejora en lo que resta de temporada para clasificarnos a la próxima Champions, competir en la Europa League (si la jugamos finalmente) y buscar en la Copa del Rey un refugio para todos nuestros males. La situación es claramente frustrante, pero todos debemos remar hacia la misma dirección: la que más beneficia al Atleti. Y esa dirección se llama trabajo, se apellida esfuerzo y se apoda cooperación.